Los Hijos de Marechal (XI)

LIBRO de LISANDRO

PRIMERA PARTE / El VERANO

Capìtulo II, La Conquista del Nuevo Oeste

“En mi barrio…tenemos un gran secreto;

lo cual no es particular porque todos los barrios

tienen su secreto, lo sabemos…”

Jorge Asìs

Miércoles 17 de Noviembre de 1999
Los dias de lluvia son los más complicados, el calor aumenta y el agua en ocasiones hasta es un alivio a pasar de las molestias…Si la lluvia es pasajera, un árbol frondoso es lo indicado, pero si es persistente hay que buscar refugio en algún acceso cubierto en los edificios de la calle de los caminantes, sobre todo de noche. El mejor, Florida 890, el acceso es profundo y bien resguardado del viento, la vigilancia no jode demasiado. De día no tenemos más remedio que embarrarnos hasta las pelotas dentro de la plaza;
sanguche humano, rebanada superior, bolsas de plástico negro unidas o cosidas con trozos de alambre rescatadas de la basura, abajo barro, agua, algún cartón; en medio, carne macerada en alcoholpoxiranolvidoculpa…
Como abarcar la propia historia sin caer en la indulgencia o en la autoflagelación excesivas…Como recordar objetivamente, siendo uno el propio sujeto de la acción. Sin otra cosa que hacer durante el día…y la noche, me entrego a los caprichos ominosos de los juegos de la mente; comienzan a acudir vivencias que creía olvidadas…Se que lo veré a Usted, tal vez lo sorprenda leyendo, entonces no tendré dudas, sabré de inmediato que es el Mensajero. Como me previno Bermúdez, el momento se aproxima…No se si usted tendrá las pelotas o las ganas de cumplir con su deber, sé que vendrá a mí…La historia de éste pestilente agujero azul en el culo del universo no es otra que la de aquellos que rechazaron su destino, créame que no lo culpo, sea cual fuera su decisión final…Estoy urgido por una incontinencia de palabras agolpadas por años, de palabras que expresan pequeñas cosas que enlazan otras, que a su vez están engarzadas con otras tantas…Diminutos retazos que acuden como la argamaza en auxilio de flashes dispersos hasta que, poco a poco, se van pareciendo a fragmentos, a veces incompletos…Siento que ya no me pertenecen, como tampoco le pertenecerán a Usted, si comprendemos que ambos somos vehículo de una decisión superior. Trate de entender, como trato de hacerlo yo, que es ocioso renegar de la tarea…

La mudanza
A finales de los ´50, dejamos atrás el conventillo de Paraná y Lavalle (01) compartido con familiares, ratas tangueras, más familiares, primas itinerantes de primos odiadas por las señoras de la casa; consentidas por los señores de la casa. A los cinco años me alejaron, inconsultamente del patio del colegio de la Parroquia de Nuestra Señora de La Piedad (02), de la plaza frente al Palacio de Tribunales (03), de las luces del centro…
Crédito hipotecario mediante, mis padres, tres hermanos varones y yo emprendimos la marcha hacia el Nuevo Oeste (04); allí nos esperaban con los brazos abiertos los martilleros de Kanmar (05), verdaderos hacedores del urbanismo vernáculo sin planificación alguna. Nos ofrecían como a tantos otros pioneros, las llaves del futuro…Un porvenir de sol y aire puro a nuestra entera disposición a cambio de una módica cuota mensual durante treinta módicos años. Ituzaingó (06) era el nombre de la tierra prometida.
Como un tajo en medio de la nada, una cinta gris maltrecha de mejoradobacheado nos depositó a dos cuadras de la ruta hacia San Miguel (07) en nuestro nuevo hogar, una casita de una planta, techo plano, no como los chalets de las revistas, jardín al frente, 30 metros de fondo, tres dormitorios, baño, cocina, pileta de lavar afuera, cerco de alambre y una bomba manual para llamar al agua semisurgente…Sin gas, sin cloaca, sin luz eléctrica. La Familia Ingalls (08) del subdesarrollo, sin indios…con villanos.
Un viejo camión destartalado desbordado de antiguos muebles y esperanzas nuevas nos había traído desde la Capital hasta aquí, Villa Irupé (09), romántico barrio de nombre guaraní que empezó a convertirse, poco a poco en nuestro barrio.
Cuando llegamos estaba prácticamente despoblado; en nuestra manzana sólo había dos terrenos ocupados, el nuestro sobre la calle Gabriela Mistral por donde pasaba una línea de colectivos, la Uno, de color verde inglés que unía Villa León con la estación de Castelar (10) del Ferrocarril Sarmiento, y el de los Romera, sobre una de las calles laterales de tierra. Para nosotros, acostumbrados al hacinamiento y la oscuridad del conventillo (11), ésto no podía ser más que la antesala del paraíso terrenal en forma de suburbio; en cierta forma y por falta de conocimiento de mejores lugares, ése lo éra. Cuando llovía nos poníamos las botas negras de goma, algún impermeable y salíamos a explorar el fondo, más tarde el jardín del frente, y por fín en un alarde de espíritu aventurero, los alrededores de la casa. En sucesivas campañas descubrimos la existencia de ciertos animalitos verdes saltarines; aprendimos que si el esposo del animalito verde nos orinaba en los ojos, vaya a saber uno porque haría tal cosa, nos dejaría irremediablemente ciegos para toda la puta vida. Con el tiempo, la naturaleza, los vecinos, los amigos, la sabiduría popular, nos fueron develando muchos de los misterios añejados durante décadas a la espera de oídos frescos en donde habitar. Así nos fue confiado que se corría peligro de muerte súbita si alguien tomaba agua luego de la ingesta de una generosa porción de “sándia calada y colorada la sándia!!!…” Otras versiones, quizá para adultos y/o alcohólicos, reemplazaban el agua por vino. También supimos de la existencia, nunca comprobada, de cierto hombrecillo, duende, gnomo o pombero (12) según la versión correntina de gente marginal de Puente Roca (13) nunca mencionada en presencia de los padres, que asolaba las siestas inclementes del Verano en busca de los infantes desobedientes que se atrevieran a desafiar la sobreprotección de sus amantes progenitores…

El cartón de abajo está empapado, parece que nunca va a parar de llover, levanto el plástico negro para ver alrededor, la gente pasa apurada, paraguas, pilotos; salpican sin inmutarse, a mi lado se formó un charco gigantesco…ya me envuelve, las olas que impulsan las pisadas desaprensivas golpetean rítmicamente sobre mis piernas estiradas; los putéo. Las olas insisten, están del lado de ellos, la naturaleza es sabia, paciente y selectiva, mi natural impaciencia y la humedad ascendente me convencen de la necesidad de cambiar el asentamiento ilegal. Reputeando recojo cartones, plásticos, botellas y demás pertenencias; el agua reclama el lugar, retoma posiciones, asumo otra derrota. Busco tierras altas.

Damián
El agua corría desenfadadamente por las zanjas abiertas para el drenaje de los terrenos a ambos lados de la calle. Después de la lluvia, en los charcos, la vida se abre paso en forma de renacuajos o larvas de mosquitos. Allá, en el Nuevo Oeste, aprendimos que la vida está más presente, aún en su mínima expresión, se palpa, nos abarca, se impone, atropella, está en el nacimiento múltiple de los gatos cuando nos paralizamos viendo como la mamá gata limpia y se come la placenta de los recién nacidos; en los pollitos que rompen el cascarón y ya sin fuerza se desperezan mojados casi sin plumas; en la cara de boludo que tienen siempre los perros después que saben que se mandaron alguna cagada y buscan arrepentidos la caricia redentora; en la cara de sorpresa de Damián, nuevo vecinito, cuando sin confirmación pero con total seguridad le revelé a tan tierna edad, que de acuerdo a los registros orales del barrio, las nenas no meaban de paradas y…no tenían pito!!!
-Porqué?- Inqurió con osadía propia de recién llegado.
-Tan pelotudo sos?- Contesté con firmeza de residente viejo a quién nada le es ignorado. Yo, tan pelotudo como él, no entendía un carajo, sólo repetía, no sabía y el no sabía que yo no sabía. Derecho de piso, no insistió. Fue el primer amigo que hice en el nuevo mundo…

En las tierras altas me acomodo nuevamente, barro nuevo, cartón viejo y mojado, el agua no se estanca, corre hacia la barranca, a mi izquierda la estatua del Libertador impertérrita también me ignora, cae un pichón de algún nido, sentí el golpe seco contra las raíces empecinadas en ser tronco, la piel de la cabezota es casi transparente, la sangre del hematoma amenaza con saltar. Darwin (14) y la selección natural de las especies reclaman derecho de autor; quizás era un hijo no deseado en el nido superpoblado, pensé en ayudarlo, tomé un sorbo de cerveza, me tapé con el plástico…me olvidé del pichón. El pichón murió, Darwin acertó…nuevamente.

Nos hicimos inseparables, Damián y yo, la misma edad…Aunque yo tenía tres hermanos nacidos de la misma madre, Damián se transformó en mí hermano. Llegó al barrio a los pocos días de la finalización del ciclo lectivo. Yo recién terminaba el primero inferior y acababa de cumplir siete años. Superado Noviembre, esperábamos con ansiedad la llegada de las fiestas de fín de año.

El vivero
Los primeros árboles que plantamos al poco tiempo de instalarnos en la nueva casa iban creciendo sin dificultad. Aún antes de los árboles, mi viejo decidió que los alambres que demarcaban el terreno, se veían demasiado desnudos; en pocos días vimos llegar un carro tirado por un caballo gris con una enorme cantidad de plantines que ayudamos a sembrar cercando el lote. La ligustrina, que así se llamaba la modesta plantita, creció rápidamente, obligando a su poda períódica, (tarea extenuante, realmente despreciada y considerada como un castigo bíblico por mis hermanos y yó) subsistió varios años hasta que nuevos vecinos reemplazaron las diminutas hojitas por oscuras medianeras. Consecuencias de la superpoblación…del progreso…y de la Justicia Divina que decretó, con nuestro interesado beneplácito, la eliminación de tan peligroso adversario…Dentro del terreno teníamos una pequeña huerta, y además un naranjo, un ciruelo, un limonero, y un pequeño árbol de kinotos, supongo que correspondería llamarlo kinotero, aunque nunca estuve seguro del botánico apelativo. El vivero más cercano estaba a once cuadras. Todos nuestros árboles y plantas habían nacido allí. Nos pasábamos tardes enteras buscando al más adecuado; se había convertido casi en un rito laico. Al principio nos llevaba mi mamá, más tarde iba con mis hermanos mayores, con el tiempo, sólo Damián me acompañaba. El vivero estaba ubicado en un terreno muy grande a media cuadra de la calle Brandsen, el viento predominante del sudeste chocaba contra una doble barrera de altos eucaliptus que parecían haber estado allí desde el preciso instante en que se hizo la luz…Nos gustaba recorrer el lugar descubriendo nuevas especies recién llegadas…Sin entender nada de plantas, dejábamos que ellas nos eligieran a nosotros, nos abandonábamos a la tiranía del instinto, pacientemente caminábamos sin rumbo fijo a través de los senderos hasta que sentíamos que alguna nos pedía que la adoptáramos. Al principio no sabíamos si era un manzano, un duraznero o un ciprés. Secretamente, ellas, las plantas, nos convencían y nosotros dos, Damián y yó, percibíamos al unísono cuando debíamos aceptarlas sin reparos. Las raíces de los árboles frutales venían protegidas en una especie de canasta formada con hebras de paja, atadas con alambre retorcido. A pie, uno de cada extremo, transportábamos el arbolito hasta mi casa, o la de él. Hacíamos un pozo, no demasiado profundo, usando alternativamente, una sóla pala de punta que el padre de Damián mantenía siempre reluciente, como recién comprada. La tierra negra retirada de la mini excavación, a menudo exumaba alguna lombríz cercenada que se retorcía como un vampiro bajo los rayos exterminadores del sol. Siempre colocábamos en el fondo del pozo, entre las hebras de paja, una moneda para la suerte, nuestra y la del árbol. Sólo fallamos con un manzano. Yo estaba convencido que habíamos puesto la moneda, Damián que nó. El manzano se secó. Excabamos en busca de la moneda, pero no apareció; yo que se había mezclado con la tierra y que era imposible encontrarla, Damián que jamás la habíamos puesto y que ése era el único motivo de la muerte prematura del arbolito. Como nunca llegó a dar frutos, nunca supimos si en realidad era un manzano. El vendedor nos juró por su santa madrecita que Dios la tenga en la gloria que era verdaderamente un manzano, que estaba sano y que no supimos cuidarlo. Damián que no mentía porque nadie es capaz de jugar con la memoria de su madre, yo que seguro era huérfano y nos había vendido un puto yuyo embichado, los dos que nos habían cagado con o sin oscuras motivaciones que sólo en mi mente prematuramente desquiciada podían anidar…Demasiado desconfiado para ser tan chiquito como decía mi vieja. Finalmente, tuvimos que asumir nuestro primer fracaso ecológicomercial. No por el costo del hipotético manzano, que por supuesto había asumido mi viejo, sinó por la carga responsable de la transacción que sentía, recaía sobre mí. Además, y como golpe de gracia, el memorioso vendedor, nos recordó con una estúpida sonrisita de satisfacción que nosotros lo habíamos elegido (la teoría respecto a que el arbolito nos había elegido a nosotros, pertenecía a nuestras más íntimas convicciones y ni siquiera en ésas circunstancias estuvimos dispuestos a develarla…tal vez por temor a la burla) Ese argumento demoledor cerró toda discusión. No nos devolvió el dinero y perdimos la moneda y la suerte, al menos según mi interpretación poco imparcial de los hechos.
La primera Navidad en Ituzaingó la habíamos pasado sólos. Todavía los parientes no se atrevían a visitarnos, o simplemente no querían adentrarse en tierras inexploradas, después de todo recién nos instalábamos, y a decir verdad no teníamos demasiadas comodidades…Pero ése segundo año sería distinto, aunque no sabría decir el porqué, se podía percibir una atmósfera renovada, ya conocíamos a más gente y el aire olía a fiesta…y a pino.
Mi papá quería plantar en el jardín del frente de la casa un pino que significaba para él la cancelación de una vieja y misteriosa deuda familiar que nunca nos explicó pero que parecía ser muy importante para él. Ya cercana la segunda Navidad en el Nuevo Oeste, sabiendo de mis inclinaciones por las plantas, me confió la elección del pino reivindicador. Una tarde, la mejor hora para elegir un buen árbol, junto a Damián, fuimos a cumplir con la ancestral misión impuesta por el peso de una oscura y lejana tradición familiar. Aunque no hacía demasiado tiempo que nos conocíamos, comenzamos a sintonizar con inusual rapidez, idéntica frecuencia, lo que era importante para uno, lo era, indefectiblemente para los dos. Al llegar, sentimos cierto grado de incomodidad que se tradujo, alternativamente, en gestos para otros imperceptibles, pero que a nosotros se nos aparecían como claros indicios negativos…Pequeños remolinos con que el viento pretendía distraérnos súbitamente, charcos a medio secar provocando resbalones por saltos mal calculados y sobre todo, el ratón. Ya dentro del vivero, no lográbamos decidirnos, nada nos parecía apropiado…Junto a los rosales, sentimos un ruido entre la hierba. A pocos metros apareció un ratoncito…al vernos, puedo jurar que nos miró!…quedó paralizado, uno de los perros que cuidaban el lugar, un boxer, que lo venía persiguiendo se lo llevó por delante, aprovechó su repentina parálisis, lo tomó entre las fauces y de un golpe seco que escuchamos sin poder reaccionar lo arrojó sobre la tierra húmeda. El ratoncito pasó a mejor vida sin haber disfrutado de ésta. Murió en el acto. El perro no jugueteó con el cadáver como hace el gato maula (15); nos miró a los ojos, juro que nos miró! pasó a nuestro lado y se marchò. No fue preciso hablar, ambos interpretamos que ése día no debíamos elegir el pino. A la noche, antes de dormir, como solía hacer cuando algo me molestaba, subí al techo de la casa que aún guardaba algo de la tibieza del calor diurno, y me quedé contemplando las estrellas, tendido boca arriba, las manos entrelazadas detrás de la nuca…tratando de interpretar el porqué de ciertas cosas…los minúsculos ojitos del ratón implorantes, habrìa sabido que iba a morir? puede ser que haya elegido morir?…Un episodio insignificante? me había hecho pensar en la muerte, más que la muerte, me intrigaba la resignación ante la inminencia de la muerte, habrìa sabido realmente que iba a morir? habrìa sentido que ya no tenía sentido la lucha?…me quedé pensando que si muero…cuando muera, me gustaría saber el momento…mejor, me gustaría elegir el momento. Es posible elegir?…La Cruz del Sur! Las Tres Marías!…Esa noche me confundí con las estrellas, el resto del planeta se diluía, pero los ojitos minúsculos, aterrados del ratón me seguían mirando, eran del tamaño de aquellas estrellitas que titilaban tímidamente a la izquierda de Venus, dos estrellitas diminutas y asustadas que buscaban respuestas como yo en ésa tibia noche de Diciembre…
El día siguiente sería el elegido para que el pino nos eligiera. El seleccionado finalmente fue un cedro azul que nos convenció luego de tres horas de búsqueda infructuosa. Plantado siguiendo nuestros procedimientos habituales, fue beneficiado, para evitar episodios similares al ocurrido con el probable manzano, con la tutela de tres monedas de la suerte que protegieron su desarrollo hasta que mi papá, tácitamente, dió por superada una vieja y misteriosa deuda familiar que nunca nos explicó pero que parecía ser muy importante para él. Después de tres años de vigoroso crecimiento, una mañana dominical de Otoño, nos despertamos con los sonidos del serrucho mutilando el tronco en varios tramos. Hacia el mediodía sólo restaba extraer la profunda raiz que se negaba a abandonar el solar. Mi viejo excavó hasta donde pudo, cortó las raíces, las roció con kerosene y les prendió fuego. La extirpación no fue completa, recurrentemente, las raíces reclamaban por la profanación y levantaban el pavimento que servía de improvisado garage sin techo al primer vehículo adquirido por la familia: una Estanciera IKA (16) gris y blanca. El episodio del pino también cercenó mi interés por las plantas. Ya no me involucraba en su desarrollo, simplemente pasé a una actitud contemplativa más cómoda, sin compromiso ni pesares por la crueldad para con ellas.

Navidad y año nuevo
Prácticamente todas las semanas, se sumaban nuevos vecinos, la mayoría de los nuevos vecinos tenían chicos. La población infantil crecía exponencialmente. El Sol tenía otro brillo, el aire era brillante, la vida brillaba y todo se me antojaba desmesurado y pleno, sin medias tintas…Todo estaba teñido con grandes trazos firmes y contundentes, verdes tan intensos como mis ganas de descubrir su intensidad oculta para muchos; cielos azules sin nubes, aún en los dias grises, lluvia devenida en diluvios interminables, tristezas profundas e insondables y alegrías extremas y devastadoras…
El cedro azul fue plantado una semana antes de la Navidad, tenía casi tres metros de altura. A pesar de que la tradición cristiana, o la costumbre, aconseja armar el arbolito para el ocho de Diciembre, el hecho de tener un árbol de verdad superaba todo acatamiento a las tradiciones pseudoreligiosas. Después de todo, como finalmente sostuvo la madre de Damián, el arbolito y Papá Noel son un invento de los protestantes (17)…y de los comerciantes, protestantes o nó. Nuestra forma de protesta es armarlo en otra fecha, explicò Damiàn sin que nadie le haya pedido explicación alguna. Como, lógicamente, el árbol estaba a la intemperie, una inoportuna lluvia (protesta del Dios Protestante?) destiñó varios de los adornos de papel que habíamos improvisado para la ocasión, pero no nos importó demasiado, pese a las esporàdicas protestas, nos pasamos la tarde haciendo nuevos adornos siguiendo los sabios consejos de Billiken (18). Cenamos en la calle a la luz de los soles de noche, bajo la cancina tutela del noble cedro azul de casi tres metros de altura. Todos los vecinos se sumaron a la larga mesa de tablones sobre caballetes de madera adornada con guirnaldas de papel, ángeles siempre tristes dibujados sobre cartulina con toques de luz (papel glasé metalizado) y un curioso monigote que según mi hermano menor representaba a Papá Noel en su juventud (todo el algodón lo utilizamos para simular la nieve que Jesús jamás conoció) sin barba, y más parecido a Upa (19) que al regordete San Nicolás. La radio a pilas nos anunció la llegada del Salvador. La música de tango acompañó a las parejas hasta el amanecer. Por culpa de la sidra, Don Omar terminó con un ojo morado por intentar un acercamiento carnal, poco propicio para el festejo del cumpleaños del Señor, con la esposa del almacenero. Pero era Navidad, y en Navidad casi todo se olvida, hasta el pecado levemente insinuado y el escándalo inocentemente provocado…
Para ésa época, solían pasar vendiendo toda clase de animales de corral destinados a ser sacrificados para la cena de Nochebuena o Año Nuevo. Descartada la del 24 pór razones cronológicas, a mi viejo se le ocurrió comprar un cerdito antes de fín de año. Los pibes del barrio, inmediatamente lo adoptamos como mascota. La disyuntiva del lechoncito era clara, o se entregaba al amigable maltrato de los chicos, o se resignaba a ser presentado con una manzana en la boca sobre una bandeja en la cena del último día del año. Darwin eligió por él. Atacado por una fulminante enfermedad que evitó una intoxicación generalizada, el animalito amaneció muerto el mismo día en que mi viejo tenía decidido sacrificarlo. En una sencilla y emotiva ceremonia, el pariente lejano de Porky fue enterrado en el fondo de casa, junto al cuasi manzano que luego seguiría su camino sin alumbrar un solo fruto.
El 31 amaneció soleado. Varios tíos habían llegado durante el día anterior. Había parientes durmiendo por toda la casa. La noche había sido agobiante. Como mi habitación daba hacia el patio del contrafrente que recibe el sol por la mañana, para dormir un rato más, solía cambiarme con los primeros rayos del astro Febo hacia la pieza de mis dos hermanos mayores que estaba ubicada a no más de tres metros de la vereda. Dormíamos con las ventanas abiertas, con la sóla protección contra el temible accionar de los insectos chupasangre, de un bastidor de madera enmarcando un tejido metálico mosquitero. Alrededor de las ocho, ya se percibía una mezcla de aromas múltiples y entremezclados, compuesto en partes desiguales por flit, acaroína (20) y el perfume a rosa té de los pimpollos recién nacidos en el jardín del frente. El olor penetrante y persistente a desinfectante auguraba un Verano intenso, y aséptico. Particularmente ése olor a acaroína, como el de la magnolia japonesa de bellísimas flores violetas tornasoladas (realmente no recuerdo si tenía perfume, en general mis recuerdos prescinden de los olores, debido en parte, a una alergia persistente que disminuyó mi sentido del olfato) son de los pocos recuerdos olfativos perennes que aún hoy, a pesar de la distancia, me acompañan. Cuando me mudaba de habitación empujado por el calor, me gustaba dormir sobre el parquet con la almohada doblada en dos sobre el piso donde la sensación térmica era menos intensa. Me terminó de despertar la voz de Cacho Fontana (21) desparramando el espíritu de las fiestas por todo el barrio…y el país.
Mis abuelos maternos habían llegado cada uno por su lado. A los paternos nunca los conocí, o no los recuerdo. Mi abuelo vivía en Rosario (22) (no en Santa Fé…en Rosario!!!) era un vasco con sombrero de fieltro que parecía formar parte de su calva cabeza. Tal vez por la lejanía y porque lo veía pocas veces al año, siempre me pareció más una visita misteriosa y distante que un abuelo de verdad; era la primera vez que nos visitaba en el Nuevo Oeste. Mi abuela, de cutis cetrino y ojos chiquitos y negros venía más seguido, vivía con una hermana en Villa Celina, y generalmente pasaba con nosotros los fines de semana; ella, si bién nunca tejió como las abuelitas de los cuentos, era una abuela de verdad. En ésa época, como de otros tantos temas, no se hablaba de separación matrimonial, menos de divorcio. Nadie nunca nos explicó nada. Nosotros lo tomábamos como un hecho natural, sin cuestionamientos ni interrogantes. En un hipotético juicio, yo sin lugar a dudas hubiera testificado a favor de mi abuela. Protesto!!! su Señoría…(sè que no es muy original pero siempre quise decir “siempre quise decir eso”)
La mesa de Fín de Año, como antes la de Navidad, la armamos en la calle. Pronto comenzé a comprender que junto con la alegría irreflexiva, que a veces a nuestro pesar, experimentamos en ésos días, también se cuelan y potencian otros sentimientos incentivados por un ánsia de revancha tan arraigado como intolerante. Curiosamente, todo está a flor de piel, la bondad y la mezquindad, el altruismo y el más acérrimo de los egoísmos. El detonante, generalmente es una inocente insinuación disfrazada de reproche levemente sutil, la necesidad de cobrar alguna factura impaga durante el año, o simplemente las ganas de joder al otro. Tal vez fuera más saludable abolir por Ley la obligatoriedad de estar en familia. Quizás una disposición legal en tal sentido interpretaría más acabadamente el verdadero espíritu de las fiestas. A poco menos de media hora del brindis, el esposo de una de mis tías, que era policía, ante un comentario que nunca supe a cuento de qué venía, respondió levantando la voz…”a vos te gustaría ser basurera?…no!!! pero si nadie recoge la basura, nos tapa la mierda!!!…Alguien tiene que hacer el trabajo de sacar la mugre, no te parece pelotuda!!!” el pelotuda iba dirigido a la esposa de otro de mis tíos. El esposo de la pelotuda se paró para lavar la afrenta con que el rati (23) había mansillado el buen nombre y honor de la pelotuda que prorrumpió en amargo llanto. Mi viejo, como hombre de la casa, intentó calmar a la pelotuda, que ya había ganado para su causa anti-taquera (24), a Don Omar, por supuesto en pedo y a un ocasional transeúnte, más en pedo que Don Omar, que sin duda se había visto interpretado en su más hondo sentir en contra del accionar de las fuerzas del orden, de seguro por haberlo vivido en carne propia, refrescado en su subconciente por lo que la pelotuda le había dicho al tíopolíticocana. A decir verdad, nadie sabía que había dicho la pelotuda para sacar de quicio al epígono del Comisario Meneses (25)...A centésimas de segundo de la hecatombe familiar, otra detonación, tremenda, seguida de desgarradores gritos de dolor, postergó el previsible desenlace…El gordo, uno de los pibes de la vuelta, que en realidad era más flaco que yo que acusaba en la balanza unos cuantos gramos, había inventado un símil en escala reducida de la bomba H, cubriendo al adminículo en cuestión con una lata de duraznos en almibar vacía para provocar una mayor resonancia. El gordo que, además de usurpar un apelativo poco descriptivo de su condición física, tenía pocas luces; dejó la mecha muy corta y provocó un espectacular destello luminoso del que internamente carecía. Lo que tampoco pudo preveer fue que a partir de ésa noche agregaría un segundo término a su pseudónimo: manquito; bién podríamos agregar un tercero, pero no sería más que un ensañamiento poco acorde con el tan mentado espíritu…Perdió tres dedos, el barrio la tranquilidad que aparentemente gozaba, y yó entendí que la felicidad eterna y para siempre, a menudo, y con suerte, no pasa de la ilusión del disfrute de pequeños momentos que ayudan a soportar los otros, abundantes y falsamente rozagantes como el inapropiado antiguo apelativo del manquito. Como era previsible, el barrio tuvo la oportunidad de inaugurar la Salita de Primeros Auxilios, con una desgracia. Carmen, la enfermera, le hizo las primeras curaciones, todos recibimos el nuevo año a la espera de novedades en la vereda recién terminada de la salita recién pintada. Circunstancialmente la pelotuda, el policía y sus respectivos cónyugues, se reconciliaron por respeto a la desgracia…ajena. No les duraría demasiado…El gordomanquito fue derivado de urgencia al Hospital de Morón. Soportó en cinco años no menos de veinte operaciones. Su ejemplo involuntario, evitó, por mucho tiempo, la tentación de los festejos con pirotecnia. “El que se quema con leche…”

Los reyes de la pileta
Entre las fiestas de fín de Año y el Verano pleno, sólo se interponían los Reyes Magos. De chicos, aunque secretamente sospechábamos de la no existencia de éstos tres señores representantes de la realeza oriental, no uruguaya (26), sino de mucho, pero mucho màs allà, pretendíamos creer la inconsistente historia con el sólo propósito de evitar la desilusión de los señores padres. Ese Enero sería testigo de una de las más prodigiosas proezas de la ingeniería epifánica. En la madrugada del seis, nuestros padres emprendieron la titánica tarea que culminaría con el regalo, en nombre del trìo, antecedente directo de los chiflados desclasados del mediodìa, de una pileta de lona, incluyendo el líquido elemento. Como no teníamos luz eléctrica, el agua se debía bombear en forma manual. Yo que compartía, una de las habitaciones del fondo con mi hermano menor, entre sueños, percibì el ruido del rechinar desengrasado provocado por la acción de bombeo, y el fresco repiquetear del agua en los baldes de hojalata en la cristalina serenidad de la noche. Debido al calor, me llamó la atención que las persianas de madera estuvieran cerradas. Espiando entre las tablillas, todavía medio dormido, alcancé a divisar, nó, a los camellos ni a los tres reyes, sinó las siluetas desdibujadas por la oscuridad de mis padres; pero no se parecían a ellos, eran infinitamente más jóvenes, amorosamente complotados, unidos y alegres a pesar del esfuerzo…Dos reyes mágicos acarreando agua silenciosamente, sigilosamente…Me quedé contemplándolos hasta que al amanecer ya habían completado la hazaña. Sin dormir, nos fueron a despertar. Yo fingí el sueño…y el asombro. Ensayé, con éxito, mi mejor cara de sorpresa. Una vez en el patio, mis hermanos y yo rodeamos la pileta. Sin que ellos ni mis padres lo notaran, me aparte para desparramar el agua y el pasto cortado que la noche anterior habíamos dejado para los camellos. Nunca tuve la valentía de agradecerles, pero en ése hecho, alejado de todo heroísmo épico, comprendí, que en los actos cotidianos, también subyacen los comportamientos valerosos, huérfanos de las marquesinas iluminadas con neón multicolor, pero cercanos a los destellos, a veces imperceptibles del alma. Observé las caras de cansancio y felicidad de mis padres, de incredulidad y alegría de mis hermanos, y sin poder verme, intuí la mía, de agradecimiento y callada admiración…

Línea de vida
Superadas las festividades del calendario, la vida, sin almanaque ni días en rojo, estaba por delante. Vivíamos uno cerca del otro; pasábamos más tiempo sobre las bicicletas que en tierra firme. La bicicleta representaba para nosotros lo que el caballo para los gauchos o los conboys de las revistas mexicanas que intercambiábamos en las ociosas siestas en las que también llegaron a nosotros Patoruzú, Isidoro Cañones o El Conventillo de Don Nicola (27). Todo estaba por descubrirse, a la espera de ser descubierto. Pasada la excitación de las fiestas, los dias transcurrían sin sobresaltos, sin las urgencias escolares. A mediados de Enero del ´63; cierta tarde, después de la siesta obligatoria y de la hora de la leche obligatoria, estábamos sentados frente a la casa de Damián haciendo huevo. El vivía a no más de treinta metros de la mía, en la vereda de enfrente y más cerca de la ruta. De pronto vimos, como una aparición fantasmal, llegar desde José María Paz unos enormes carromatos, gente que nos pareció disfrazada, y toda clase de animales…en realidad, básicamente caballos y perros.
-Gitanos!!!- Gritó histérica la madre de Damián y nos obligó a entrar en la casa.
-Nunca!!!…pero nunca tienen que estar sólos cerca de los gitanos-
-Porqué?- Preguntamos a coro como los Hermanos Corsos (28).
-Yo sé lo que hago, vayan a jugar a la pieza!!!- Fuimos a jugar a la pieza. Por la ventana, sin que nos vieran, teníamos miedo y no sabíamos porqué…los vimos pasar, siguieron por Gabriela Mistral, recorrieron las seis cuadras hasta desembocar sobre la calle Brandsen en donde doblaron hacia la derecha. Más tarde, más calmada, una vez que los gitanos desaparecieron de la vista, la mamá de Damián nos explicó que ellos robaban a los chicos, les cubrían la cara con barro para que no los reconocieran, y se los llevaban por siempre jamás!!! De ésta forma, inesperadamente y para proteger nuestra integridad física e intelectual, nos fue develado el último y más guardado secreto del Nuevo Oeste.
El Verano transcurrìa morosamente entre el fútbol, las tardes en la pileta de lona o el intercambio apasionado de las revistas cuando podìamos librarnos, raramente, de la siesta…Una de ésas tardes, después de la leche, a las seis y media, cuando el calor aflojaba un poco, acicateados por las lecturas infantiles de Roy Rogers, Batman o El Llanero Solirario (29), decidimos secretamente marchar en busca de aventuras: ”Damos una vueltita y volvemos” siempre partìamos recitando la misma frasecita, las madres contentas ante la prematura prueba de responsabilidad de sus vàstagos respondìan con idèntica previsibilidad: “No vayan a tardar mucho; abrìguensè…(hacìa por lo menos 90 grados a la sombra)…no hablen con extraños…” Montamos las bicicletas y sobre la marcha decidimos expandir las fronteras geográficas conocidas, tomamos rumbo al Oeste, más al Oeste. Creando un innovador método que más tarde se transformó en costumbre para nuestras expediciones, avanzamos en diagonal, una cuadra hacia el oeste, una al norte, armando un serrucho interminable…Calles de tierra, todas iguales, de pronto, luego del último giro, a una cuadra de distancia, divisamos una calle asfaltada, con cordones, la recorrimos por la vereda, avanzamos como veinte cuadras hasta que llegamos al final del asfalto; había pasado casi una hora de la partida. En la última casa de la esquina, sobre la pared se podía leer el nombre de la calle, Brands…el resto de las letras estaba cubierta con barro reseco. Ante nosotros se abría un espacio de un ancho aproximado de cien metros, una gran calle de tierra, flanqueada por gigantezcos árboles que, silenciosamente, nos hicieron recordar a los del vivero; algunos de los terrenos que bordeaban la calzada estaban alambrados, en algunos de los terrenos alambrados se veían vacas pastando, en otro muy cerca de la intersección con la calle Brands…vimos unas cajas de madera pintadas de blanco y muchas abejas alrededor. El primer desafío en nuestra corta carrera de exploradores se nos presentaba ante nuestras narices. El desafío y el polvo me hicieron estornudar presagiando un futuro de alergias varias. Damián que no estornudó y demostró, a nuestros siete años, un espíritu de aventura superior al mío, sin dudar, como hubiera hecho el mismísimo Alvar Nuñez Cabeza de Vaca (30), miró hacia ambos lados del gran río de tierra (Gaona para los lugareños) se acomodó la gorra, bastante ridícula si tuviera que opinar y eligiendo uno de los tres destinos posibles, exclamó:
-Para allá!- Señalando…para allá.
Lo miré…me devolvió la mirada con aplomada serenidad, y emprendimos la marcha para allá. Yo, y presumo que él también, no tenía la más reputísima idea de en donde estábamos. Sobre la calle anduvimos unos doscientos metros, pasó un camión con ganado en pie, pisoteándose unos a otros, el polvo y el olor a mierda bastaron para que nos apartáramos del camino; descansamos un rato, luego recorrimos trescientos metros màs. Si bien no teníamos demasiada experiencia en viajes de tal magnitud, comprendimos que algo no anda demasiado bien…No teníamos reloj pero, el sol se empecinaba en asustarnos, bajando a nuestras espaldas con inusual rapidez. Teníamos sed, hambre y ni un centavo encima; aunque lo tuviéramos, no se veía nada cerca…Damián, a ésa altura jefe indiscutido de la expedición, decidió volver sobre nuestros pasos; restamos los quinientos metros, llegamos nuevamente a la intersección con Brands…A lo lejos, sobre un costado de la inmensa calle de tierra, se podía adivinar entre las nubes de polvo que el viento arremolinaba, una inmensa carpa…y el movimiento de animales, también…inmensos.
-Un circo!!!- Gritó Damián como loco.
No me gustaba el circo, no obstante, estuve de acuerdo en ir a mirar…
-Tal vez nos regalen algunas entradas!!!- No me pareció un argumento de peso. Igual fuimos.
Otros trescientos o más metros. El sol caìa cada vez más bajo. A medida que nos acercábamos, íbamos distinguiendo ciertos rasgos que nos parecieron familiares, a menos de cien metros ya no cabían dudas, frenamos al unísono, tragamos saliva y como los Hermanos Corsos Sorprendidos, en voz baja casi imperceptible, en afiatado y aterrado dúo, exclamamos:
-Gitanos…- Permanecimos paralizados en medio del gran río de polvo.
Quedamos los dos, pobres almas inocentes, petrificados, como en las ventanitas inmóviles de las historietas, recortados contra el telón de fondo de la mole color polvorojizo de la inconmensurable carpa iluminada por los últimos rayos del astro rey. Febo no asoma; ni el sargento Cabral (31), batiendo al enemigo vendría en nuestra ayuda. Emulando la valentìa dibujada en brillantes colores de Batman y Robin (siempre nos peleàbnamos por ser Batman, casi siempre Damián me convencìa de que Robin era mejor…porquè no sos vos entonces?…buena pregunta pero siempre, igual yo terminaba de ayudante del murciélago) sacamos pecho ante la adversidad…giramos violentamente en sentido inverso al que traíamos, y pedaleamos a la mayor velocidad que nuestras cansadas piernitas de superhéroes lo pudieran permitir…A los trece segundos de emprendida la vergonzante pero estratègica retirada, la puta cadena de mi reputísima baticicleta decidió el quite de colaboración y se mandó de paseo fuera de los dientes del piñon, pedaleé en falso y choque con la desprevenida humanidad de mi compañero Batman. Los dos, Hermanos Corsos del Supermanubrio, nos inclinamos hacia el mismo lado; en asombrosa muestra de destreza coreográfica, dimos un maravilloso giro por los aires como suspendidos de la batisoga y caímos de culo dejando disueltos en el aire espeso del crepúsculo nuestros disfraces todopoderosos. Caìmos, ya de civiles, estrepitosamente sobre el río de tierra, elevando sendas nubecitas de polvo a idéntica altura y de igual coloración pardorojiza. Algo repuestos de la casi honorable caìda, observamos con sorpresa que otras manos habìan acudido en nuestro auxilio…atontados al principio, los Hermanos Corsos, Maestros de la Acrobacia en bicicleta, fuimos presa de cierto terror…nuestros salvadoresverdugos no eran otros que los tres gitanos que asistieron a nuestro improvisado acto circense desde la cómoda platea preferencial de su campamento. Tomaron las maltrechas bicicletas, una cada uno de los dos más bajos, y el alto y más jóven nos acompañó caminando hasta la gran carpa. No nos atrevíamos a hablar, ni siquiera a respirar; de inmediato, los Hermanos Corsos Telepáticos, comprendieron, en perfecta sintonía extrasensorial (poder residual de nuestras añoradas tardes de superhéroes) que sus jornadas de libertad y exploración habían terminado para toda la eternidad…De reojo, ví como a Damían se le caía una lágrima…yo que nunca daba el brazo a torcer, por acompañar a mi amigo hasta el fín…dejé escapar tres.
En el barrio, los escasos habitantes de las escasas casas, estaban completamente alborotados, nuestras madres eran un mar de amargas lágrimas:“…nunca tardan màs de una hora en volver…pobrecitos”, nuestros padres clamaban venganza y castigo…castigo para con nosotros si nos encontraban. Hermanos, primos, amigos y curiosos en general, emitían diversas y encontradas opiniones, no todas edificantes para con nuestra memoria. Rápidamente se hicieron las nueve de la noche. Llegó la autoridad, o lo que era casi lo mismo, el cabo Gimenez secundado por el agente Solórzano. El cabo manejaba un viejo jeep de la guerra del ´45 que usaban para recorrer los barrios de la zona en busca de borrachos o señoritas de la vida cerca de Puente Marquez (32). Los servidores de la ley, con solícita diligencia recabaron los datos filiatorios de los dos extraviados, y con inusual celeridad para la época, con la inestimable colaboración del vecindario reunido, gérmen de la futura Sociedad de Fomentos de Villa Irupé, confeccionaron, sendos retratos hablados de nosotros dos con el fín de ser distribuidos entre los habitantes de barrios vecinos que pudieran dar indicios fidedignos para el feliz reencuentro de las criaturas descarriadas con sus progenitores, familiares y amigos. Será Justicia!!!…A falta de luz eléctrica, el vecindario había acercado los soles de noche a la casa de Damián, lugar elegido para el encuentro comunal…
En plena excitación organizativa, dos diminutas personitas aparecieron, atravesando vacilantes la oscuridad que envolvìa la calle y se acercaron a la luz titilante como luciérnagas en busca de compañía; el primero que nos vió fue el cabo Gimenez…
-Ahí los tiene a los mocitos!!!, todo el mundo pendiente de ellos, y se aparecen lo más campantes…- Madres, padres, hermanos, primos, amigos y curiosos en general acudieron presurosos a nuestro encuentro, las madres lloraban; para no parecer insensibles, lloramos también (nuestra bièn ganada fama de superhèroes se diluìa, penosamente, bajo el llanto acumulado en una sòla jornada…) Los padres nos abrazaron y lloramos todos juntos. Hermanos, primos, amigos y curiosos en general emitían diversas y encontradas opiniones, no todas edificantes para con nuestro retorno. La explicación oficial de los Hermanos Corsos Agitanados, fue que: ”a una de las bicicletas se le salió la cadena, un señor nos ayudó a arreglarla, se hizo tarde y que ese señor nos acompaño hasta unas cuadras antes de llegar a nuestras casas” Ese ùltimo punto del relato fue el más cuestionado, especialmente por los hombres de ley; que nos miraban con cierto resquemor. Pese al apriete de la autoridad, ávida de más detalles, hasta por separado, los Hermanos Corsos Calé mantuvieron su versión.
La verdad no revelada hasta la fecha, fue que los gitanos ni nos embarraron la cara ni nos secuestraron…nos dieron de comer y nos mostraron los caballos…hermosos caballos, hasta dimos una vueltita. Antes de volver, una gitana gorda y vieja, de grandes dientes amarillentos quiso leernos la suerte de la palma de nuestras jóvenes manos, Damián, decidido como siempre extendió la mano derecha…
-No…la del corazón- Corrigió la vieja; la tomó amorosamente entre sus manos sabias adornadas con millones de arrugas, buscó respuestas en los incipientes surcos de la firme y sucia palma de Damián…se sobresaltó, la sonrisa, poco a poco se transformó en mueca…Iba a decir algo pero se contuvo, no se atrevió…le cerró la mano con infinita bondad, lo abrazó muy fuerte contra las tetas flácidas y lo besó en la frente; luego se levantó, me besó también y se fue…
Nos arreglaron ambas bicicletas y nos subieron a una especie de sulqui tirado por un caballo renegrido; el gitano alto y jóven que nos había rescatado del río de polvo nos devolvió a nuestras casas; cuando vió las luces y la gente reunida, amablemente, nos pidió que nos bajáramos:
-Es mejor así…- Dijo con voz firme, se aseguró con la mirada de que llegáramos a destino, y en la complicidad que brinda la oscuridad volvió con su gente.
El gitano no nos pidió nada, nosotros, en los pocos metros que separaban el carro de la luz, por propia iniciativa decidimos mantener para las generaciones futuras el falso mito del último y más guardado secreto del Nuevo Oeste.
Esa noche, aún sin comprerderlo del todo, intuí que la suerte de Damían y la mía propia ya estaba decidida…

El pichón muerto pronto será devorado por las hormigas o por el tiempo…todos en alguna medida estamos predestinados a ser devorados…Darwin tomó de Thomas R. Malthus (33) el concepto primigenio que lo llevaría más tarde a formular la Teoría de la Evolución a través de la selección natural…Malthus sostenía en 1.800 que las formas de compensar el ritmo de crecimiento de la población mundial con la disponibilidad de alimentos para todos, eran las limitaciones naturales como las enfermedades o las hambrunas u otras menos naturales como las guerras…La selección natural se fue perfeccionando; el Siglo XX Cambalache afianzó perversamente el concepto de la selección natural…La exclusión de uno o de millones, por cualquier motivo, a dejado de ser, si es que alguna vez lo fue, motivo de preocupación seria…Aquella noche, la gitana vió la mueca del destino, la mano del Arquitecto Supremo o la natural selección del Darwin de turno…y por encima de todo, con la sabiduría de siglos en sus ojos, vió, lo inevitable de la degradación del hombre…

(01) Paranà y Lavalle: Tìpica esquina porteña; Lavalle es paralela a la mìtica Avda. Corrientes inmortalizada por el Tango que en èsa zona concentra una gran cantidad de Teatros; èsta intersecciòn se encuentra a dos cuadras del Palacio de Tribunales del Poder Judicial de la Naciòn. (02) Parroquia Nuestra Señora de la Piedad: Ubicada sobre lacalle Bartolomè Mitre 1524, a una cuadra de Plaza Congreso y a 5 de Paranà y Lavalle. (03) Palacio de Tribunales: Sede de la Corte Suprema de Justicia de la Naciòn y de otros Juzgados. Ubicada en la manzana conformada por las calles Talcahuano, Tucumàn, Uruguay y Lavalle, y frente a la Plaza Lavalle. (04) Nuevo Oeste: Referencia al Oeste del Gran Buenos Aires. Para èsos años (dècada del `50) en incipiente desarrollo. (05) Kanmar: Una de las empresas dedicada a la comercializaciòn de terrenos en el Oeste del Gran Buenos Aires. (06) Ituzaingo: Municipio del Oeste del Gran Buenos Aires a partir de 1994. En època de la adolescencia de Lisandro formaba parte del Municipio de Moròn. (07) San Miguel: Municipio vecino al de Ituzaingo (hacia el Norte). (08) La Familia Ingalls: Serie televisiva norteamaricana sobre una familia pionera en el Viejo Oeste, difundida a partir del año 1974. (09) Villa Irupè: Barrio de Ituzaingò donde se desarrolla gran parte de la infancia y adolescencia de Lisandro y Damiàn. (10) Castelar: Localidad vecina a Ituzaingo. Estaciòn del Ferrocarril Sarmiento. La Arias, y su continuaciòn Josè Marìa Paz, unen la estaciòn del Ferrocarril con el Puente Roca; a partir de ahì, la ruta a San Miguel toma distintos nombres. (11) Conventillo: Casa de Inquilinato en la que cada persona o familia ocupa una habitaciòn y entre todos utilizan los espacios comunes, patio, comedor y baños. Tìpicas viviendas humildes y/o precarias en donde, a principios del siglo XX, convivian, inicialmente, las grandes oleadas de inmigrantes, entremezclando sus culturas: Españoles, Italianos, Judìos, Arabes. El Tango y el Sainete (obra teatral tragicòmicade un acto) reflejan magistralmenter èsta realidad. Aùn subsisten algunos de ellos. El sainete màs popular, y el màs representado es El Conventillo de la Paloma de Alberto Vaccarezza. (12) Pombero: Personaje mìtico de la cultura Guaranì (Paraguay y Mesopotamia argentina) con el cual se pretendìa asustar a los chicos para mantenerlos en la casa a la hora de la siesta. (13) Puente Roca: Puente metàlico carretero sobre el Rìo Reconquista. (14) Charles Robert Darwin (1809/1882): Destacado biòlogo britànico autor de la Teorìa que revolucionaria el pensamiento cientìfico para siempre, al publicar en 1859: “El Origen de las especies mediante la selecciòn natural o la conservaciòn de las razas favorecidas en la lucha por la vida”. Produjo particular rechazo su afirmaciòn respecto de la Evoluciòn del Hombre a partir del Mono. (15) “Como juega el gato maula con el mìsero ratòn…” : Verso del tango “Mano a Mano” compuesto en 1918 por Carlos Gardel / Josè Razzano (mùsica) y Celedonio Flores (letra). (16) Estanciera IKA (Industrias Kaiser Argentina): Vehìculo utilitario fabricado en Argentina a partir del año 1957. (17) Papà Noel: El origen del mito hay que rastrearlo hasta el siglo IV en la figura de San Nicolàs de Bari, Obispo de Mira (actual Turquìa). El Protestantismo que la madre de Damiàn le atribuye (por conocimiento o intuiciòn) puede relacionarse con el Pastor Clement C. Moore que en 1823 publica en el “Troy Sentinel” de Nueva York, un poema en donde, a grandes razgos describe al Santa Claus actual. En el desarrollo de la leyenda, tambièn intervienen, en distinto grado: el dios escandinavo Odìn, el Sinterklaas holandès y su ayudante negro Zwarte Piet, el caricaturista Thomas Nast y la empresa Coca Cola. (18) Billiken: Popular revista infantil argentina (la màs antigua de habla hispana) editada a partir de 1919, publicada en gran parte de los paìses de Amèrica Latina. Su fundador fue el escritor y periodista uruguayo, afincado desde 1911 en Argentina, Constancio C. Vigil ( 1876/1954). Inseparable compañìa en las tareas escolares del ciclo Primario. (19) Upa: Personaje de historieta, hermano menor del famoso Cacique Patoruzù. En 1928, el caricaturista argentino Dante Quinterno (1909/2003), publica, en principio como un personaje secundario, la primera tira que al poco tiempo se independizarìa hasta convertirse en un ìcono de la cultura popular. En 1942 se estrena el primer cortometraje animado en color de la Argentina, “Upa en apuros”. (20) Acaroìna: Desinfecctante muy utilizado de consistencia lechosa que se esparcìa sobre los pisos de las casas, particularmente en verano. (21) Cacho Fontana (1932/….): Locutor y animador radial y televisivo, de masiva popularidad. Su programa radial matutino, el “Fontana Show” acompañò a millones de argentinos durante años desde los estudios de Radio Rivadavia. (22) Rosario: Ciudad e importante puerto fluvial (sobre el Paranà) de la provincia de Santa Fè, segunda en poblaciòn de la Repùblica Argentina. (23) Rati: Policia de Investigaciones, voz del Lunfardo (argot del Rìo de la Plata, en especial de las ciudades de Buenos Aires, Argentina, y Montevideo, Uruguay). Tiene su origen en el lenguaje carcelario. (24) Taquera, Taquerìa: Comisarìa, relacionado con lo policial, voz del Lunfardo. (25) Comisario Meneses: Mìtico policìa apodado “el Pardo” que actuò durante las dècadas del `50 y `60. Escribiò sus propias experiencias bajo el tìtulo “Meneses contra hampa”. En 1980 se publica la historieta “Evaristo” inspirada en la vida de Meneses; guiòn de Carlos Sampayo y dibujos de Francisco Solano Lòpez, excepcional illustrador creador de “El Eternauta” . (26) “no uruguaya”: A los nativos del Uruguay se los designa como Orientales; viene de la ubicaciòn geogràfica respecto de Argentina; la Banda Oriental del rìo Uruguay. (27) Patoruzù, Isidorito, El Conventillo de Don Nicola: Personajes de la Historieta Argentina; los dos primeros son obra de Dante Quinterno; la tercera, apareciò por primera vez en 1937 como “El Conventillo”. (28) Los Hermanos Corsos: Novela publicada por el escritor francès Alejandro Dumas (1802/1870) en 1844, narra la historia de dos hermanos siameses separados al poco tiempo de nacer pero que mantienen una increìble afinidad que les permite, a la distancia, experimentar las mismas sensaciones cuando cualquiera de los dos recibe algùn tipo de estìmulo. (29) Roy Rogers, Batman, Llanero Solitario: Generalmente por aquellos años existìan en Argentina dos tipos de revistas de historietas, las Nacionales de un formato apaisado con dibujos en blanco y negro (las ya mencionadas por Lisandro, Patoruzù, El Conventillo de Don Nicola; màs tarde Mafalda) y las Mexicanas (en realidad editadas en Mèxico, de origen norteamericano) a todo color. (30) Alvar Nuñez Cabeza de Vaca (1507/1559): Explorador y conquistador español; descubridor (para los españoles por supuesto; los Indios Guaranìes ya las conocìan) de las Cataratas del Iguazù. (31) Sargento Cabral (1789/1813): Soldado del Regimiento de Granaderos a Caballo fundado por el Gral. San Martìn (1778/1850) en 1812. Durante el bautismo de fuego de la unidad en las Barrancas de San Lorenzo (actual Pcia. de santa Fè), Cabral salva al General a costa de su propia vida. Tal hazaña fue inmortalizada en la famosa Marcha de San Lorenzo, compuesta por Carlos Javier Benielli y Cayetano Alberto Silva en 1907: “…Cabral, soldado heroico, / cubrièndose de gloria, / cual precio a la victoria, / su vida rinde, hacièndose inmortal…” .(32) Puente Marquez: Sobre el Rìo Reconquista, perteneciente a la Municipalidad de Moreno, vecina a la de Ituzaingo (hacia el Oeste). (33) Thomas Robert Malthus (1766/1834): Economista inglès; en 1798 (1800 redondèa Lisandro) publica su principal obra, “Ensayo sobre el Principio de la Poblaciòn” donde plantea un escenario en donde impera la denominada “Catàstrofe Malthusiana”, un mundo estancado, sin posibilidades de progreso hasta poder aspirar sòlo a la supervivencia

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